domingo, 11 de marzo de 2012

A. Al fresco.

No podíamos soportar la ciudad ni un minuto más, así que nos fuimos a una oficina de alquiler de coches, sin reserva previa, y emprendimos un viaje hacia el norte. Mientras conducías, me ocupé de ir buscando alojamiento por teléfono y por fin encontré una cabaña. Paramos en el supermercado y compramos suficiente comida para una semana aunque solo íbamos a pasar dos noches.

No hacía demasiado frío, así que sacamos la mesa de la cocina al porche. La brisa apagaba las velas, pero eso no nos importó. Por primera vez en nuestra relación había una sábana de estrellas sobre nosotros.

El vino marcó el tono de la conversación: lánguido, achispado, terrenal.

_Me encanta cenar al fresco_ dijiste, y me reí.
_¿Qué pasa?_ preguntaste.
_Sería más divertido si estuviéramos desnudos.
Entonces fuiste tu quien te reíste.
_No se refiere a eso_ me dijiste_. Y, de todos modos, ¿no te sientes como si lo estuvieras ahora mismo?

Te callaste y con un gesto me pediste silencio. El sonido de las palabras, la sensación del aire. El vino posándose en mis pensamientos. El cielo, tan presente. Y tú, viendo cómo yo lo absorbía  todo.

Desnudos ante el mundo. El mundo, desnudo para nosotros.

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