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Un rostro marcado por la ira y un portazo mal acertado. Y aquel recuerdo. Y el miedo que tuve. El mismo que ha aparecido hace escasos 30 minutos. Aún tiemblo.

Descarga eléctrica.

Joder. Estoy cabreada. Ahora sí puedes decir que he llegado al límite y mi enfado es bastante plausible. Pero antes no. Antes era la tristeza de siempre. Lo que se conoce como "puto bajón de mierda de jueves porque me da la gana". Y qué tengo. Preguntas insulsas, conversaciones que no llevan a ninguna parte (si llegan a la categoría de conversación) y nada más.  Eso sí, cuidado si el bajón lo tienes tú. Que muevo el mundo por cambiarlo. Te hago mierdas de pancartas. Hago el payaso. Hago ALGO. No tengo conversaciones sobre el tiempo que hace o donde vas a comer o qué. No es tan jodidamente difícil después de tantos meses. No necesitas ser descabellado.  Y me cabrea y me desquicia. Y llego al límite y quiero acabar con todo.

Tu piel, mi delirio.

He sobrevivido. Lo que se pronosticaba como el más caótico de los días ha resultado ser maravilloso. Tu piel junto a la mía mientras me dejaba dormir ha sido de lo mejor que esta vida me ha brindado.  Sólo lo he tenido contigo. Y soy feliz. Como nunca o como debería ser siempre. Con ganas infinitas de comerme el mundo porque sé que tú estás ahí para cogerme de la mano.  Bendito septiembre. Bendita carta de rechazo. Bendito diciembre. Bendito mensaje. Maravilloso enero. Y maravilloso diez junto a ti.

Dormir es de cobardes

Las noches de insomnio me dejan ciega y loca. A un bostezo por segundo. Con un bonito maquillaje natural bajo los ojos.  Y estos estados de ceguera y locura me llenan de lucidez. Lucidez de la mala. De la de "vaya mierda de vida, hostia".  Y estoy cabreada. Y el exceso de cafeína no me sienta bien. Y así. Sobrevivir a este día va a ser algo épico.

Colapso.

Estoy en guerra con mis recuerdos. Con las promesas rotas de tiempos anteriores.  Mi ángel, te echo de menos.

Muñeco de trapo

Llegaste en un momento en el que la vida se deslizaba de mis manos. Cuando el frío calaba los huesos y el humo del tabaco no aliviaba mi sed. Y cuando caminar con los ojos vendados era la mejor opción para curar lo que quedaba de mi alma. Apareciste con un mensaje una mañana de diciembre. Después de varios intentos fallidos y latidos sin respuesta durante meses, ahí estabas de nuevo queriendo meterte en mi piel. Y que a pesar de mis sueños y mis ganas, retrasé con todas mis fuerzas por miedo a romper lo poco que quedaba.  Pero lo conseguiste. Un día. Tarde del 31 de diciembre. Una carta. Un muñeco de trapo. Y mi corazón latiendo con miedo. Con miedo a hacerte daño. Sin saber que esto me iba a cambiar.  He crecido contigo y he aprendido más de lo indecible. Que el amor es más que la pasión de dos amantes. El amor es estar. Y me has enseñado a estar y a querer estar. Y comprender que una vida sin ti sería una pérdida de tiempo.

Otoño

Quizás estos meses no hayan sido los mejores de mi vida. Cuando el calor volvía de las calles un infierno y me derretía el corazón.  Quizás todos estos días haya buscado una respuesta que siempre he tenido delante de mis narices y yo me empeñaba en ver más allá. Mis problemas no eran ellos, mi problema era yo.  Y ahora, cuando el frío comienza con sus primeros pasos este baile de invierno, mi corazón contento no busca más calor que el que me proporcionan unos pocos. Porque al final no ha sido un mal verano si de él he sacado una enseñanza tan valiosa.  Que no todo el mundo me quiere bien...                                                        ...ni todo el mundo me quiere mal. Que las personas que creía perdidas vuelven...                           ...