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Tormenta de estrellas.

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Si mis lágrimas ya no saben a nada, ya no es culpa mía. Me arrebataron las esperanzas de donde no quedaban. Y los pocos pedazos que quedan de mí, están tirados por ahí a merced de cualquiera. Un pobre títere, no más. Conformista, condescendiente... demasiado buena. O demasiado idiota. Lo que está claro, es que de nada sirve lamentarse. Nublar la mente y que otra tormenta ensombrezca lo poco que queda.  Hoy era el día. Hoy había lluvia de estrellas. Pero como siempre, cualquier cosa era más importante.

Tarde de martes rara.

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Ganas locas de romper con todo. De desenredar la distancia que hay entre tú y yo, pero en dirección contraria. Y poner un gran abismo separando mi vida de mi. Porque no me gusta esta antianímica existencia. Perdiendo a personas que no deberían haber desaparecido. Y con la putada que es echar de menos. Queriendo por querer porque perdí el corazón en alguna de las esquinas de aquella cama. Cuando decidiste que era el momento de amarme.  Dejándome desnuda sin mirar atrás. No es algo deprimente que contar. Sólo es una reflexión tonta de martes a las seis de la tarde. Todo es mejor que hacer lo que se supone que tengo que hacer.

Sin respiración.

No es un misterio que no estoy bien. Me he quedado sin fuerzas a medio camino de cualquier lugar. Sólo me sale derramar un manantial, como siempre. Y me da miedo. Nubes negras se ciernen sobre mi. Auguran tiempos peores. La oscuridad que tan bien conozco. Nadie puede entenderlo. Son gritos de desesperación. 

Razones

Si te digo que una vez más gana el miedo a la razón.  Que mi corazón no entiende las razones que tu corazón grita a los cuatro vientos, o que no las quiere entender.  Y le da lo mismo las veces que mencione mi nombre si se hace el sordo. Cuánto tiempo aguantarás mis desvaríos. Mis pensamientos incómodos y mis silencios sin respuesta. Cuánto tiempo estarás allí donde nadie estuvo, donde otros se dieron por vencidos. Así es imposible. Y crece el miedo a que lo único real que he conseguido crear contigo se desmorone en mil pedazos. Porque si no estoy contigo me falta el aire... y si te tengo a un milímetro, se rompen todos mis esquemas.  Y no sé como actuar.

Estas letras dulces que no llevan a nada. En las que no reside ni un atisbo de esperanza.

Es otra vez, y otra vez no. La facilidad con la que a los humanos se les olvida amar, asusta. Yo que sigo aquí esperando. Y desespero. En un punto muerto. Y tan muerto. Y lo tedioso que resulta existir así.

Todo estaba perdido.

Y entonces aparece él. Me mira. Me sonríe. Y me invita a dar una vuelta por las nubes. 

Demasiados locos en un solo mundo.

Qué felicidad más sorda. Qué risa más austera. Hoy todo pesa. Pesa el paso del tiempo. Los deseos que no se ven cumplidos. Los sueños que ya no son sueños. Desesperanza. Esa es la palabra. Y la confusión que le rodea. Porque las ganas de sonreír no aparecen y deberían haber llegado ya.